Crónica de aquel discurso

Corría el año 1987, alrededor de los 621 mil habitantes de la entonces provincia de La Habana esperaban el 26 de julio con 951 obras recién inauguradas.

Este no sería un 26 como otro. Se celebraba el aniversario 34 del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, Artemisa sería sede del acto central por esta fecha. Pero existía otro motivo, Fidel Castro asistiría al acto.

Una hora antes comenzó la lluvia. Quizás para bendecir al pueblo y a su Comandante. Miles de artemiseños permanecían detrás de la Escuela Superior de Preparación Atlética o la ESPA, como la conocemos, que estaba a punto de terminar su construcción. Allí esperaban al Comandante.

“Distinguidos invitados extranjeros, familiares de los mártires de la Revolución, artemiseños, habaneros, compatriotas”, así inició su discurso. Era aquel un pueblo de moncadistas. El júbilo estaba garantizado. “También la provincia, Artemisa y todos los municipios, hicieron otros generosos aportes de la vida y de la sangre de valerosos y heroicos jóvenes a lo largo de la lucha revolucionaria, de la lucha de liberación y de la lucha ulterior, no menos meritoria que aquella lucha”, dijo.

Explicó entonces los tantos logros de la Revolución en el territorio. Los miles de kilómetros de carreteras, autopistas y caminos construidos. Un gran complejo hidráulico, la termoeléctrica Máximo Gómez en Mariel, la fábrica de ómnibus Evelio Prieto en Guanajay, la textilera Rubén Martínez Villena en Alquízar.

El esfuerzo de desarrollo se ha traducido en resultados materiales tangibles y concretos, refirió, y entonces habló de los 42 policlínicos, las 18 clínicas estomatológicas, los 14 hogares maternos, los 7 hogares de ancianos, los 76 círculos ifantiles, los 22 museos y las 15 galerías de arte construidas en el territorio luego del triunfo de la Revolución, y de las que antes no existía ni una.

La población entonces había crecido un 43 porciento, y a su vez aumentaban las ofertas de empleo, los planes de desarrollo de la vivienda, la expectativa de vida, y había decrecido notablemente el analfabetismo.

Corría el año 1987, y Cuba estaba inmersa en un programa de rectificación de errores y de tendencias negativas. Por lo que aclarara el entonces primer secretario del comité central del partido comunista de cuba y presidente de los consejos de estado y de ministros, “Rectificar es buscar soluciones nuevas para errores viejos; rectificar es crear, abrir cauce, abrir camino, abrir brecha; rectificar es lo que estamos haciendo ahora. Rectificar fue, el 26 de julio de 1953, luchar para borrar lo viejo, para abrir un cauce, para hacer una revolución, para crear una nueva vida; eso es también hoy rectificar”.

Al recuerdo de sus compañeros artemiseños caídos, al de sus familiares que presenciaban y escuchaban su discurso, al pueblo del que su sangre brilla en la bandera, explicó: “Ninguno era terrateniente, ninguno era industrial, ninguno era aristócrata, ninguno era rico; trabajadores y campesinos humildes, pero que llevaban dentro una idea, que fueron capaces de defender una idea, muchos de los cuales fueron dejando su vida por el camino para hacer realidad estas ideas”.

Y allí mismo, al acecho de la lluvia de aquella tarde de julio, mientras corría el año 1987, ante Distinguidos invitados extranjeros, familiares de los mártires de la Revolución, artemiseños, habaneros, compatriotas, concluyó su discurso, como pudiéramos finalizar hoy todos los nuestros:

“A aquellos que creyeron un día que la sangre derramada era inútil, y que el Moncada condujo a la adversidad y no a la victoria, o que el Granma era inútil, o que la guerra en las montañas era inútil, hoy les decimos, quedó demostrado que nunca fue inútil el sacrificio.

¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!”

 

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