El canciller de la dignidad
Artemisa, Cuba – Alto, delgado, simpático como pocos y de verbo encendido, se le veía siempre con un libro en la mano. Nieto como era de un teniente Coronel mambí, no pudo hacer otra cosa que cambiar la pintura, el papalote, la quimbumbia, el patín y la bicicleta por la lectura de Martí.
Fue su carácter el que lo puso al lado de Mella y de Villena, el que lo vinculó al Movimiento Revolucionario Estudiantil y más que el Derecho, la Filosofía y las Letras, en la Universidad de la Habana aprendió también a luchar por la justicia.
Sufrió prisión y de ella salió como docente de la universidad popular con nombre de apóstol y unió su nombre a otros comprometidos con la Liga Antiimperialista. Era un hombre de letras, el mismo que financió, desde su cargo de Director de Cultura del Ministerio de Educación, la publicación de importantes títulos, subvencionó al Ballet de Alicia Alonso, y echó a andar un movimiento de puestas teatrales, salones de plástica y humorismo.
Con la Revolución se volvió canciller y le dio voz a Cuba más allá de sus fronteras. No permitió la superioridad yanqui, no permitió la altanería. Más que una isla representó la dignidad de sus habitantes. Volviendo a sus palabras, al irse del estrado de la OEA se quedó para siempre en el corazón de su pueblo, en el corazón de los pueblos de nuestra América.