Ese debate cultural que nos impulsa
No entendemos nada de deformaciones travestidas de diálogo cultural que intenten mancillar nuestra dignidad, que pisoteen nuestra historia y que ofendan nuestros símbolos patrios.
No entiendo cuando se habla de la necesidad de encontrar un espacio de debate para la cultura. Me parece una frase un tanto redundante porque creo que la cultura en sí es un espacio de debate y reflexión. Es una plataforma para articular discursos desde la belleza de diferentes manifestaciones, es una convocatoria constante a desaprender y rearmar símbolos y es por eso que la cultura es espada y escudo de la nación: porque defiende la esencia que se gesta en el día a día, que tiene su gen primario en la creación y a su vez la creación nunca es vacía, aunque no siempre es arte.
Resulta complejo referirse a estos temas conceptuales pero es también imprescindible teorizar un poco sobre la diferencia. Lo distinto forma parte de la génesis del cubano. La mezcla de culturas tan diferentes como la aborigen, la española y la africana devinieron en lo que somos hoy. Este resultado tiene elementos de continuidad raigal y de ruptura con esas raíces en la búsqueda de la autoctonía, de la identidad. El criollismo es un fenómeno, sobre todo, de rompimiento y creación de nuevos paradigmas estéticos, idiosincráticos y políticos que surgieron del sentimiento nacional en los nacidos en la Isla, con independencia de su sangre ibera. Ese sentimiento lo legitima y es determinante en la validación de lo criollo como concepto y en su expresión cultural.
En reiteradas ocasiones la cultura ha sido medio de expresión, de denuncia, de debate, de convocatoria a ese rico intercambio que promueve el desarrollo y nos supera como seres humanos. Pero, como sucedió con el criollismo, ese debate tiene necesariamente que autenticarse. Su vehículo natural debe ser el de la proactividad. Es preciso hacer desde los mecanismos creados por la Revolución porque mecanismos distintos, que pudieran servirnos en este proceso de crecimiento, pueden tener la marca de fábrica MADE IN USA y estar divorciados de la búsqueda legítima de soluciones para favorecernos como país.
No es posible que todos los cubanos pensemos igual. Existirán siempre diferencias y también espacios para que esas diferencias confluyan en el respeto. Las contradicciones no antagónicas nos permiten establecer el diálogo y este solo se fractura cuando los principios están en juego. No podemos negar la historia porque sería negar lo que somos. No podemos renunciar a lo que se ha conquistado en Cuba porque sería traicionar también a la cultura.
¿Cuál es el rol de las instituciones y por qué cuidarlas? En este debate tenemos la responsabilidad de ser muy serios porque intereses foráneos intentan minar nuestros análisis. No se puede perder de vista que nosotros somos nuestras instituciones. Somos quienes engrasamos o permitimos que se oxiden las vías de comunicación y los espacios de debate. Vuelve al ruedo el concepto de la proactividad. Desautorizar una institución y su capacidad resolutiva sin haber combatido desde el compromiso su presumible error de funcionamiento no es justo.
Callar en las reuniones, intercambios, asambleas y buscar luego espacios alternativos para expresarnos no es el mecanismo para solucionar deficiencias porque no es el desarrollo del arte y no es el crecimiento de la cultura lo que buscan quienes nos acechan. Intereses mezquinos y apetencias de poder se esconden tras la sonrisa de quienes alientan. Habría que preguntarle a Puerto Rico el costo cultural de los últimos años para entender cómo funciona esta fórmula para nada nueva.
Insisto en que lo ético es buscar en nuestros espacios, creados para la construcción participativa, el crecimiento que necesitamos. No hay nada inmutable, más allá de nuestra vocación al socialismo como sistema que dignifica al ser humano. El mismo Fidel se refirió a la necesidad de cambiar aquello que precise un cambio. Solo que es necesario auscultar cada fenómeno, cada proceso, porque hay una diferencia sustancial entre la cultura y el mercantilismo, entre la belleza y el seudoarte, entre el respeto a la diferencia y la provocación.
Los cubanos apostamos por una educación axiológica de nuestro pueblo. No entendemos nada de deformaciones travestidas de diálogo cultural que intenten mancillar nuestra dignidad, que pisoteen nuestra historia y que ofendan nuestros símbolos patrios. La cubanía es un concepto demasiado grande para permitir que sea vapuleada por la indecencia política y la histeria mercenaria.
Hay que encontrar entonces las fórmulas para ser mejores. Buscar la eficiencia en nuestras acciones y generar ese diálogo franco, respetuoso y proactivo. Los que declaramos que somos Fidel y que apostamos por esta obra debemos fidelizar las instituciones que él defendió y hacerlas más certeras en este proceso de crecimiento colectivo, sin necesidad de que nadie endose guiones apátridas a nuestra realidad.
Diría que es incluso más digno ser el juguete modesto que puede repararse y todavía saca la sonrisa de un niño que una marioneta manipulada por manos insensibles. Vuelve a mi mente la frase dentro de la Revolución, todo. Y la razón es muy sencilla. Dentro de la Revolución hay espacio para todos. Ella es hija de la cultura y de las ideas. Esas ideas serán más efectivas y esa cultura más rica en la medida que seamos honestos con nuestro tiempo y nos propongamos que la razón para el debate sea una mayor efectividad de nuestra cultura y un fortalecimiento de su condición de cubana y revolucionaria.