Nuestro Cuartel Moncada
Toca otra vez salir de la granjita. Pero no con la tarde y en la mimesis del carnaval sino a la luz de todos. Al hombro el fusil y las ideas. Al hombro la sonrisa y una novia que en Artemisa ignora que estamos a punto de convertirnos en historia.
Las palabras del líder son motor en las venas. Es alegre la hora de darlo todo por la Patria y el cuartel se levanta sedicioso ante nuestra honradez, y espurias manos lo apuntalan cuando parece ser enorme la bandera del odio.
Santiago goza de los cantos y por dentro gime la suerte de sus hijos. Santiago llega a su tribuna a condenar la mano que la asfixia, mano de estrellas y de barras, mano rabiosa que tiembla cuando se escuchan los disparos de juventud declarando que no pasarán.
Cayó el factor sorpresa. La posta uno sabe que aquí estamos. Lo saben todas las postas que ha puesto el enemigo y tiembla cuando nos ve sitiar su fortaleza. ¿Cómo es posible con tanta ruina que dejaron en esta tierra? ¿Cómo soportan?, se preguntan. El mundo todo responde: por su pueblo. Porque están hechos de valores y de valor, de sueños y de fe. Porque no pueden comprarse sus principios.
Vuelve el Cuartel Moncada, a llenarse de sangre, la simbólica, la de Artemisa que húmeda en la bandera es un torrente por la vida, que imprime al corazón un latir de montañas. Nadie lo pone en duda: Están vivos, de pie los protagonistas de la gesta gloriosa. Hoy es nuestro Moncada, será mañana y siempre nuestro 26 de julio.